La experiencia nunca se hace vieja – Contra el “edadismo”

© The Intern (2015) – Warner Bros.
© The Intern (2015) – Warner Bros.

Mi madre, gran sabia de la existencia a sus 86 años, me decía el otro día: “¡Cariño, a los 51 años estás en la flor de la vida!”. 

Y seguramente es verdad, yo así me siento realmente. Tanto desde un punto de vista físico (probablemente no había estado tan en forma en años), como a nivel intelectual (con más foco que nunca, haciendo totalmente lo que deseo, aprendiendo cada día, con mi creatividad y mi  productividad disparadas) e incluso emocionalmente, con la vida que siento que quiero llevar, feliz con mi familia, con mis verdaderos amigos a mi lado (esos que de verdad están a tu lado en cualquier situación) y satisfecha de cuando he construido hasta ahora (y dos libros publicados hace menos de 1 año). ¿Qué más se puede pedir?

Como dice Juliette Binoche, la bellísima y laureada actriz francesa de la que soy fan (con películas como Chocolate, Tres colores (azul, blanco y rojo) o El Paciente Inglés, nacida en 1964, 56 años), “hacerse mayor duele, pero ganas libertad, humor y tolerancia”. Sin duda. Y yo añadiría humildemente, experiencia y sabiduría. Y la capacidad para centrarse en lo verdaderamente importante. A “ocuparse” de las cosas en vez de “preocuparse” por ellas. Quizá tenga alguna arruga más y alguna que otra cana furtiva, pero sinceramente, yo me siento más bella (en sentido amplio) y vital que nunca.

Por eso, “El Interno” (película menor, como dirían algunos críticos), del año 2015, presentada como una comedia sencilla, me ha gustado tanto. En ella Robert de Niro (Ben Whittaker) es un viudo jubilado de 70 años que aprende idiomas, viaja, hace deporte y yoga, pero que siente que le falta algo en su día a día. Y, por ello, acepta un puesto de asistente personal de una prometedora CEO de una empresa de moda. 

Por cierto, me siguen sorprendiendo los estragos que causan las traducciones digamos “libres” o “adaptadas” que todavía se hacen de las películas extranjeras en nuestro país (la película se llamó “El Becario” en su estreno España, aportando, a mi entender, pretendiendo ser cómico, un claro sentido peyorativo). 

Ben no cobra por su trabajo (ya tiene su pensión), pero finalmente se le permite aportar su valía, su experiencia y su visión, haciendo que su jefa (y, en consecuencia, su compañía) salgan adelante y que él mismo encuentre un sentido mayor a su propia vida, aprendiendo además un montón de cosas nuevas. 

La película nos deja algunas frases memorables, como la siguiente:

Me parece que una iniciativa realmente interesante para tantas y tantas personas a las que se ha apartado por razón exclusivamente de su edad. 

La situación actual de pandemia que estamos viviendo afecta de nuevo y de forma extraordinaria a este colectivo “mayor”. Se está disparando el llamado “edadismo” o discriminación por razón de edad. 

Según el informe “La discriminación por razón de edad en España”, de HelpAge International España, (https://www.plataformaong.org/noticias/2306/informe-la-discriminacion-por-razon-de-edad-en-espana-centra-en-proteccion-personas-mayores-derechos), publicado en Enero de 2020, la cuestión es una absoluta lacra.

Los datos señalan que el 30% de las ofertas de trabajo en España discrimina a los candidatos por edad. Tal y como nos cuenta de El Confidencial en su artículo “La discriminación por edad en tu empleo es una realidad y sólo así puedes combatirla”, un estudio de la aseguradora Hiscox del año 2019 (https://www.hiscox.com/documents/2019-Hiscox-Ageism-Workplace-Study.pdf) señala que en 2024, en los Estados Unidos, los trabajadores de más de 55 años representarán sólo el 25% de la población trabajadora, una cifra que es bastante extrapolable a la economía española. Y que es extraordinariamente baja. 

Además, el artículo explica que los trabajadores por encima de los 40 años (¿en serio? ¿por encima de 40 años?) se enfrentan a una serie de mitos, tales como que rechazan y no se adaptan a los cambios en la empresa, que no les gustan o entienden las nuevas tecnologías, que son muy caros de mantener, que no están motivados o que son difíciles de dirigir.

Yo personalmente, además como Ingeniera Superior de Telecomunicaciones que soy, no me considero en absoluto una “obsoleta tecnológica”, más bien al contrario. Y conozco a bastantes como yo que jamás han dejado ni dejarán de renovarse.

En mi experiencia diaria como consultora y formadora debo decir que me encuentro, digamos, una muestra equitativa de “mentes cerradas” tanto en personas jóvenes como en personas mayores. 

De hecho, tengo la suerte de conocer a bastantes octogenarios/as que ganan por clara goleada en “modernidad” a muchísimos jóvenes. Y es que la vejez no es sólo algo cronológico ni mucho menos. En efecto, según el Informe Mundial sobre el Envejecimiento y la Salud publicado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2015, en palabras de la entonces Directora General, Margaret Chan, “la pérdida de capacidad generalmente asociada con el envejecimiento solo se relaciona vagamente con la edad cronológica de una persona”, siendo también y, sobre todo, una cuestión social y de actitud ante la vida. 

¿Realmente alguien se plantearía “apartar” a Tim Cook (1/11/1960, 59 años), a Bill Gates (28/10/1955, 64 años) o a Barack Obama (4/08/1961, 60 años) mientras sus capacidades físicas, intelectuales y emocionales sigan en forma? ¿O al mismo Robert de Niro (17/08/1943, 76 años) o a Clint Eastwood (31/05/1930, 90 años)? ¿O a la primatóloga Jane Goodall (3/04/1934, 86 años)? Estaríamos locos desaprovechando su conocimiento y su experiencia, ¿no?

De hecho, según otro artículo, éste de la BBC online, la edad promedio de los emprendedores exitosos es de 45 años. Tal y como cuenta el artículo, el mito de la juventud asociada al éxito se ha disparado en los últimos años, de la mano de compañías icono de la nueva economía, cuyos fundadores las crearon cuando eran unos veinteañeros, como Bill Gates, Steve Jobs o Marck Zuckerberg.

Sin embargo, los expertos Pierre Azoulay, Benjamin Jones, J. Daniel Kim y Javier Miranda (autores del artículo “Los emprendedores mayores tienen una tasa de éxito sustancialmente superior», publicado en la Harvard Business Review) han analizado esas empresas excepcionales que tuvieron fundadores jóvenes del estilo de Bill Gates, Steve Jobs, Jeff Bezos o Sergey Brin y Larry Page de Google. Y lo  que han encontrado es que la tasa de crecimiento de sus firmas (en términos de capitalización de mercado) alcanzó un máximo cuando sus creadores tenían una edad intermedia.

Por ejemplo, Apple sacó al mercado el iPhone cuando Steve Jobs tenía 52 años. Y Amazon empezó a tener una tasa de crecimiento impactante cuando Jeff Bezos tenía ya 45.

«Estos destacados fundadores no habrían llegado a su punto más alto cuando eran muy jóvenes», afirman los investigadores.

En el caso particular de las startups dedicadas a la tecnología, también el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), ha estudiado el impacto de la edad y ha revelado que la edad promedio de un emprendedor exitoso que funda una empresa de ese tipo en el país es de 45 años.

Pero no sólo en el ámbito laboral se “aparta” a los mayores. La Covid-19 se ha ensañado con ellos en las residencias de ancianos, que es el lugar donde en nuestra sociedad actual los apartamos cuando son una carga para nosotros. Ni en muchísimos casos el tamaño de las viviendas ni tampoco los ritmos de vida contemplan o permiten el cuidado de una persona mayor en casa. O al menos no lo ponen fácil. 

Desde luego ser “mayor” hoy en día no está “de moda” ni es sencillo. Y, sin embargo, el envejecimiento progresivo de la población en todo el primer mundo es una realidad. 

Así que, de la misma manera que se ha puesto “hilo a la aguja” con la discriminación por razón de género (ya era hora), de raza, de religión o de orientación sexual, ya parece hora de que también se inicien acciones contra la discriminación por razón de edad. Probablemente, ya vamos tarde.

Eso sí, a los espíritus libres y emprendedores no nos podrán parar nunca, ni aunque nos hagamos “mayores”. Por supuesto, nos tendremos que mantener tan jóvenes de mente como las nuevas generaciones, ya que, como decía Alvin Toffler, “los analfabetos del siglo XXI no serán aquéllos que no sepan leer o escribir, sino aquellos que no puedan aprender, desaprender y reaprender”. Yo nunca he dejado de hacerlo. Jamás. Y espero no dejar de hacerlo nunca.  

En estas últimas semanas en las que he tenido a mi madre algunos días en casa, he podido comprobar la fuerza imparable de su generación, hijos de una guerra entre hermanos y de una larguísima dictadura, de las que, pese a todo, consiguieron salir adelante. Sus reservas infinitas de experiencia, de fuerza, de resiliencia, de conocimiento de la vida no se pueden despreciar ni apartar. De ellos, podemos y debemos seguir aprendiendo.

Yo, por supuesto, en mi día a día estoy encantada cuando me encuentro en uno de mis cursos a una persona de 50 o más años. Si está ahí, es que sigue en “pie de guerra” y quiere más. Pues a dárselo. Bienvenidos sean todos.

www.nuriamartin.com

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