La reivindicación de la felicidad, aún con el agua al cuello

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En el mes de enero de 2020 empecé un Máster online de Psicología Positiva, un tema que realmente me apasiona y en el que llevo tiempo investigando y trabajando (de hecho, en mi libro Venta Positiva, el concepto de felicidad de Martin Seligman aparece con un papel destacado).

Todo iba bien con mi Máster, conseguía combinarlo adecuadamente con mi labor profesional habitual y “progresaba adecuadamente” con los contenidos, que además me encantaban.

Sin embargo, en marzo, cuando estalló la emergencia de la Covid-19, de pronto el máster se me quedó ahí, completamente estancado: durante las primeras semanas del confinamiento no fui capaz de entrar ni una sola vez al campus online para trabajar. 

Intentando comprender lo que me ocurrió, ahora me parece que, de forma completamente inconsciente, mi mente probablemente identificó una incoherencia en trabajar en la Ciencia de la Felicidad (que de eso va la Psicología Positiva) con “la que nos estaba cayendo encima”, especialmente en aquellos primeros momentos. 

Yo que soy una persona optimista y activa por naturaleza, me sumí como en un obligado duelo que me auto-imponía cada nuevo día con el ritual matutino de revisar los periódicos, durante el desayuno, absorbiendo noticias, cifras y curvas de contagios y de fallecidos diarios en España y en el mundo. 

Creo que me obligué a estar seria, afligida, me negué el derecho a sentirme alegre y menos aún feliz, dadas las circunstancias.

Sin embargo, me fui dando cuenta de que eso no tenía ningún sentido. Y de que estaba confundiendo algo que yo sabía perfectamente: y es que estaba dejándome invadir por la empatía “mojada” y no por la “seca”, tal y como cuenta Raphaëlle Giordano en su obra Tu segunda vida empieza cuando descubres que solo tienes una. Como ella nos cuenta “con la empatía mojada asumes las emociones negativas del otro y acabas estando mal también. Con la empatía seca, llegas a comprender los problemas de tu entorno y a ser compasivo con ellos, pero sin dejarte contaminar por su estado de ánimo funesto. Esa especie de escudo protector es muy útil para evitar que lo engullan a uno”.

Yo siempre he tenido clara esa diferencia y ese escudo protector en mi vida, cosas ambas que nada tienen que ver con la insensibilidad o el pasotismo.

Pero es que además, había caído en otro error grave de principiante: sentir tristeza, dolor y pena no son impedimento alguno para encontrar la felicidad. Al contrario, sentirnos mal nos ayuda en el camino de ser personas más felices. Según Tal Ben Shahar, profesor de Harvard y uno de los grandes de la Ciencia de la Felicidad: “sólo hay dos tipos de personas que no experimentan emociones dolorosas: los psicópatas y los muertos. Así que tener emociones dolorosas es una buena señal, no eres un psicópata y estás vivo”.  

Y es que la felicidad no consiste en estar siempre alegre y contento. Y ser feliz no significa ser feliz TODO el tiempo. No va del “perfeccionismo emocional” que parece que muchos medios sociales nos quieren imponer. Nada que ver con el “siempre estoy bien y estupenda”. 

Ni tampoco tiene que ver con tener éxito, fama o conseguir determinados objetivos profesionales. Éstos pueden proporcionar una subida temporal en los niveles de bienestar, pero no incrementan la felicidad de forma permanente. 

Para que eso ocurra, entre otras cosas, es muy importante tener relaciones íntimas sólidas. No necesariamente (o solo) amorosas o románticas. Son también relaciones familiares y de amistad. Y sólidas tampoco significa perfectas, al contrario, las relaciones se solidifican en base a los desacuerdos y los conflictos. Y también en base a la gratitud y el reconocimiento. Y afortunadamente tengo mucho de todo esto.

Y entonces recordé la canción Pequeña Serenata Diurna de Silvio Rodríguez:

Vivo en un país libre
Cual solamente puede ser libre
En esta tierra, en este instante
Y soy feliz porque soy gigante

Amo a una mujer clara
Que amo y me ama
Sin pedir nada
O casi nada
Que no es lo mismo
Pero es igual

Y si esto fuera poco
Tengo mis cantos
Que poco a poco
Muelo y rehago
Habitando el tiempo
Como le cuadra
A un hombre despierto

Soy feliz
Soy un hombre feliz
Y quiero que me perdonen
Por este día
Los muertos de mi felicidad

Y la canción me llevó a leer una vez más uno de mis poemas favoritos de Mario Benedetti, Piedritas en mi ventana y a volver a ver la película En tierra hostil de Kathryn Bigelow.

Y todo ello me hizo recordar también a Boris Cyrulnik, el neurólo y psiquiatra considerado padre y creador del concepto de resiliencia, que dice que “el arte juega un papel muy importante en el proceso de resiliencia, porque la representación de la tragedia humana de manera soportable, facilita su comprensión e interiorización”.

Así que, me vais a tener que disculpar, pero hoy, tarareando la canción de Silvio, he vuelto a entrar en el campus online de mi Máster de Psicología Positiva y, debo decir que me siento una mujer feliz.

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