Neurociencias, el Hospital de Sant Pau, las esperas y el brócoli

Mi padre. 88 años y una enfermedad nerviosa degenerativa central, prima hermana de una ELA, que le va paralizando despacio, pero sin pausa, desde hace 13 años. Una enfermedad de esas con prevalencia de 1 caso entre 1.000.000. Múltiples complicaciones y vicisitudes asociadas, a las que nos hemos ido adaptando todos, él el primero claro, manteniendo siempre la cabeza bastante entera, el sentido del humor intacto y el buen talante y las ganas de vivir inmutables. 

En esta ocasión, tan pronto como la presión hospitalaria por la Covid-19 lo ha permitido, le han programado una pequeña operación para ponerle una sonda gástrica de alimentación directa al estómago. Ya no puede comer por vía oral de forma segura. La verdad es que ya no sé cuántas broncoaspiraciones llevamos en los últimos meses, incluyendo 2 en plena crisis por el coronavirus. 

“Tú debes ser inmortal Ricardo”, le ha dicho esta mañana su maravilloso neurólogo de cabecera, el Dr. Rojas del Hospital de Sant Pau en Barcelona, tocayo suyo, quién le detectó y diagnóstico la enfermedad y que le ha visitado antes de entrar a quirófano. “Más de diez años hace que te digo que te pongas la sonda y ha tenido que ser in extremis en este momento taaaan fácil…”, le ha regañado. Él se ha reido, sabiendo que se ha resistido hasta que ya no ha sido posible seguir haciéndolo. Se ríen mucho juntos, la verdad. 

Nos dijeron que a las 8:30 entraba a quirófano. Pero ya se sabe, si entre alguna urgencia, todos los horarios pueden variar. A las 11:30 aún no se lo habían llevado. Es normal y totalmente comprensible. Pero qué difíciles son estas esperas. Él estaba nervioso. Cuando le he puesto a mi madre al teléfono (a la que, por supuesto, no dejamos venir al hospital) y ella le ha dicho que fuera fuerte, que le necesitaba a su lado, se ha emocionado y ha llorado. Así funciona nuestro cerebro cuando detecta que hay posible peligro. El miedo es la primera emoción humana, fundamental para la supervivencia. Así que mi hermana y yo hemos tenido que poner en acción su atención ejecutiva, su cortex prefrontal, para que se serenara y relajara: yo le he empezado a hablar de mi hija, su adorada nieta pequeña. De todo lo que ha hecho estos días, de mil anécdotas y ocurrencias. Al pensar y concentrarse (poner foco) en ella, su secuestro emocional se ha relajado. 

Finalmente a las 11:45 le han bajado a quirófano. Y nueva espera, esta vez para nosotras. Pero yo estaba preparada. Me he llevado el portátil, el tablet, el móvil… todo el arsenal. Para evitar pensamientos inconscientes de esos que divagan sin control y acaban generando ansiedad por posibles cosas futuras que podrían pasar, pero que no han ocurrido. Primero he cerrado los ojos un rato, he respirado profundamente y me he puesto Jarabe Palo en los cascos. Hoy lo necesitaba. Pau Donés, una vez más, tu voz, tu música y tus letras me han llevado a lugares maravillosos y me han serenado. Gracias. Y luego me puesto a trabajar un rato. De nuevo foco y atención plena. Es la forma de “descartar pensamientos” conscientemente, de eliminar todos los que no nos sirven. Si se practica y se entrena, se convierte en algo natural y sencillo. Nuestro cerebro genera miles de pensamientos a diario (no hay un acuerdo claro, hay quien dice unos 60.000 al día), de los cuales el 95% son generados por una red neuronal inconsciente. Cortar eso pasa por generar consciencia, por darle el control a nuestra red consciente, al cerebro ejecutivo activando la atención focalizada. 

Tan absorta estaba (en flow), que cuando mi hermana me ha preguntado a las 14:15 horas, por casualidad, dónde había dejado el coche, he caído súbitamente en la cuenta: “ostráaaaas, pero si lo he dejado en zona verde, ¡mierda, me habrán puesto una multa!”. “¿Cómo no lo has dejado en el parking?”, me ha reñido ella. “Es que llegaba justa, no quería que se lo llevaran a quirófano sin verle antes y he aparcado en el primer sitio que he encontrado, la verdad”, respondo. “Vete corriendo, anda”. Y así lo he hecho. Afortunadamente no había multa. 

Y mientras caminaba por la acera de vuelta del parking hacia el hospital, de pronto he visto una pareja joven agachada junto a su hija pequeña. Miraban y señalaban algo en las jardineras de los árboles. Y su madre le decía: “mira Thaïs, aquí también hay plantas de brócoli. No se entiende, todo el recinto de hospital está rodeado de ellas. Mira, aquí hay más. Alguien las ha tenido que plantar”. No he podido evitar oirles justo al pasar por su lado. Me ha parecido sorprendente y hasta algo poético. He parado de golpe, he dado media vuelta y les he preguntado: “perdonad que me meta en vuestra conversación, pero no he podido dejar de escuchar… ¿de verdad esas son plantas de brócoli?”. “Sí, de verdad y está lleno, mira, son esas”, me han dicho señalándolas. ¿Las habría plantado alguien a quien también le pusieron una sonda gástrica de alimentación aquí?, me he preguntado a mí misma.

Y al seguir mi camino no he parado de pensar en cómo se transformará el recuerdo del aroma y del sabor del brócoli en la mente plástica de mi padre (tan plástica como la de todos nosotros), ahora que nunca más volverá a tomarlo y degustarlo. Cómo serán y qué recuerdos involuntarios le evocarán los sabores del pasado, su personal “magdalena de Proust”. Y es que la famosa «magdalena de Proust» explica la experiencia de uno de los personajes literarios del escritor que, cierto día, abrumado por la tristeza, prueba una magdalena mojada en té y se siente repentinamente transportado a los veranos de su infancia en Combray, un pueblito al noroeste de Francia. El célebre fragmento pertenece a la obra «Por el camino de Swan» y es muy curioso (y ha sido muy estudiado) cómo un sencillo recurso literario arrojó luz sobre complicados procesos que todavía la ciencia moderna, particularmente la neurología y las neurociencias, no han logrado descifrar por completo. «La forma en que precisamente ocurre esa reactivación (estímulo-memoria) sigue siendo solo parcialmente comprendida», comenta a BBC Mundo el doctor Loren M. Frank, del Instituto Kavli de Neurociencia Fundamental de la Universidad de California, en San Francisco.

Pero todo ese pensamiento no me ha entristecido en absoluto. Como dice la Dra. Paloma Fuentes, “happytóloga” convencida, como ella misma se autodefine, una persona sana es aquella que tiene un cerebro consciente totalmente adaptado a su situación. Y no me cabe duda de que mi padre se adaptará.

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