Pertenencia, significado y contribución, los grandes motivadores

Cuando tenía, creo, 8 ó 9 años en el colegio nos pusieron como deberes una redacción que acabó siendo muy especial para mí. De hecho, es la única que recuerdo de los cientos de redacciones que más que probablemente me tocó hacer, como a todos.

El caso es que el enunciado de la redacción era algo así como “describe tu función en casa”. Yo recuerdo que pensé “madre mía, qué difícil” cuando el profesor nos lo dictó. Al llegar a casa, claro, me puse inmediatamente con los deberes. Pero por más vueltas que le di a la dichosa redacción, la verdad, no se me ocurría qué escribir. Mucho menos teniendo en cuenta que yo era la pequeña de 3 hermanos y mi nacimiento había tenido, digamos, carácter accidental (me llevo 12 años con mi hermana mayor y 10 con mi hermano), con lo cual, yo sentía que todas las tareas de la casa las realizaban mis padres y mis hermanos mayores. No encontraba ninguna que fuera exclusivamente mía. Así que, ya harta, le pregunté a mi madre: “mamá, ¿cuál es mi función en esta casa?”. Y mi madre, muy tranquila y segura, dijo sin más: “tú, cariño, eres el sol de la casa”.

¡Claro! De pronto, “todo se puso en su sitio” en mi cabeza. Eso era. Yo tenía un papel aparentemente “invisible”, pero importantísimo: cuando todos llegaban a casa, después de un duro día en sus diversas ocupaciones, yo conseguía que se olvidaran de sus problemas diarios contándoles cosas que yo vivía en mi vida de niña de 8-9 años y les arrancaba alguna sonrisa. La alegría de la casa. 

Recuerdo (o eso creo, aunque pudiera ser que ya lo he incorporado como un recuerdo de las veces que me lo han contado) que sentí que de pronto yo tenía una función, una función importante y que yo era parte crucial de aquella casa, de aquella familia y de su buen funcionamiento. Y recuerdo que aquello me hizo sentir además que yo tenía mi propia responsabilidad a nivel de contribución: debía dar lo mejor de mí para que todo fuera bien. Y eso para mi en aquellos tiempos significaba estudiar todo lo que debía y obtener los mejores resultados, es decir, cumplir lo que se esperaba de mi en la familia. Me sentía parte del engranaje. Es decir, resultó tener un efecto motivador espectacular. 

Algunos años antes, en concreto el 25 de Mayo de 1961, John F. Kennedy realizó una histórica visita a las instalaciones de la Agencia Aeroespacial Norteamericana (NASA), con un resultado parecido, aunque, digamos, a otra escala, claro (él cambió el mundo, jajaja).

El nuevo Programa Apolo buscaba enviar al primer ser humano a la Luna y, aún más importante, devolverlo sano y salvo a la Tierra. Algo que no había hecho nadie. Y nadie, ni ellos mismos aún entonces, sabían cómo hacer eso. 

El caso es que el Presidente Kennedy iba visitando los diferentes pabellones e iba preguntando al azar a diferentes personas a qué tarea en concreto se dedicaban. Y cada uno iba dando su respuesta: “pues yo calculo la propulsión necesaria”, “yo calculo los ángulos de re-entrada en la atmósfera”, “yo me encargo del diseño de las capsulas”, etc. Hasta que de pronto el Presidente se encontró justo delante de un hombre que, por su equipamiento y uniforme, se dedicaba a los servicios de limpieza de las instalaciones. Y, por supuesto, también le preguntó: “¿a qué se dedica usted aquí?”. Y la respuesta, de sobras conocida hoy por lo excepcional, fue: “Ah, pero ¿no lo sabe? ¡Aquí trabajamos para enviar al hombre a la Luna!”. 

Pertenencia, significado y capacidad de cooperación. Una brutal lección. Aquel hombre, con una tarea aparentemente pequeña, estaba totalmente convencido de que su contribución era imprescindible para conseguir llevar a cabo aquel tremendo reto. Y lo mejor de todo es que tenía razón.

Es de sobras conocido que aquel asombroso proyecto consiguió algo realmente extraordinario en el resultado, y que, si ello fue así, fue gracias a la forma de llevarlo a cabo. Y es que al parecer siempre estuvo claro que la clave del éxito estaba en conseguir integrar a todas las personas de Cabo Cañaveral (hoy llamado Centro Espacial Kennedy) de la mejor forma posible, en su mejor aportación posible, en pro de un propósito superior. 

Hoy sabemos, a través de películas como Hidden Figures (Figuras Ocultas, 2016, basada en el libro Talentos Ocultos de Margot Lee Shetterly), que fueron mujeres matemáticas negras, con Katherine Johnson a la cabeza, verdaderas “computadoras humanas”, como las llamaban, las que hicieron posibles los cálculos que posibilitaron el éxito de la misión. Pese a la segregación racial imperante en el momento (al principio tenían que ir a un baño a un kilómetro de distancia), la NASA supo eliminar todo tipo de barreras, trascender y hacer que fueran parte real del equipo. Al parecer el mismísimo astronauta John Glenn (primer americano en realizar un vuelo orbital completo a la Tierra, después del hito de la URSS con Yuri Gagarin) pedía que fueran ellas y sólo ellas las que verificaran los cálculos orbitales y los ángulos de re-entrada en la atmósfera.

Eso sí, es cierto que todo se ocultó al público hasta que en el año 2015 el Presidente Barack Obama le otorgó a Katherine Johnson, estando ya retirada de la NASA desde el año 1986, la Medalla Presidencial de la Libertad. Pero esa es otra cuestión.

Pertenencia, significado y capacidad de cooperación, las grandes claves motivacionales de los equipos de alto rendimiento. Ya nos lo decía Alfred Adler a través de su concepto de sentimiento de comunidad: el ser humano es un ser social y la manera de interactuar con los demás es de vital importancia. 

Ello significa que las personas tenemos la necesidad de sentirnos próximas a otras personas y deseamos sentirnos parte de la familia, de un grupo, de una organización, etc., además de percibir que somos apreciados y útiles en el marco de esa comunidad particular, es decir, que deseamos poder tener capacidad de cooperación verdadera que aporte, que contribuya al bien común. Si encima ese objetivo común tiene un sentido, un significado superior, pues mucho mejor.

Si las personas no encontramos eso en nuestro trabajo de forma directa e inmediata con las estrategias habituales, buscaremos como podamos (de forma inconsciente) otras vías compensatorias para reducir la tensión y la ansiedad que conlleva la experiencia de sentirse excluido. 

Es entonces cuando detectamos conductas de agresividad, rebeldía o cuestionamiento constante, o bien todo lo contrario, de pasividad, apatía o aparente incapacidad (autoadquirida).

Desgraciadamente en mi día a día trabajando en liderazgo y motivación de equipos me encuentro con muchos, demasiados líderes que me dicen cosas como “la gente hoy en día pasa de todo, sólo entienden el palo y la zanahoria”. No es fácil de comprender que eso es el final y no el principio de la historia, que siempre empieza de otra manera. 

Así que, como nos cuenta Bob Chapman en su libro “Todo el mundo es importante. El extraordinario poder de tratar a tus empleados como si fueran tu familia”, si cada persona del equipo tiene claro quién es el “sol de la casa”, quién es la luna, los planetas y el resto de los elementos de la “constelación” organizativa de la que todos serán parte imprescindible, se sorprenderá al ver que el cielo brillará cada día en su organización.

Por supuesto, nosotros sabemos cómo ayudarle a hacerlo.

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