Por la felicidad y la seguridad psicológica, imprescindibles en el puesto de trabajo

Ceremonia centro terapéutico Hyowon en Seoul, foto BBC Mundo
Ceremonia centro terapéutico Hyowon en Seoul, foto BBC Mundo

Hace unos días estaba revisando las líneas estratégicas anunciadas el pasado 27 de Febrero de 2020 para su mandato por el Ministro de Sanidad, Salvador Illa, en comparecencia en el Congreso de los Diputados (por primera vez y a petición propia). El detalle se puede consultar en: https://www.lamoncloa.gob.es/serviciosdeprensa/notasprensa/sanidad14/Paginas/2020/270220-comision.aspx

Y una cosa poco habitual me llamó especialmente la atención: el anuncio de un plan específico para abordar la conducta suicida, que incluirá por primera vez una campaña de comunicación institucional del Ministerio sobre el suicidio.

Siendo un tema que he seguido habitualmente por mi labor en el desarrollo de personas y equipos desde el escándalo de France Telecom (hoy Orange) y la sentencia dictada en su contra en Diciembre de 2019 (según la cual, Didier Lombard, Consejero Delegado, su número dos Louis-Pierre Wenès y el Director de Recursos Humanos, Olivier Barberot, fueron condenados por “crear un ambiente de inseguridad y angustia que desestabilizó a un buen número de asalariados y condujo a algunos a quitarse la vida”), me puse a buscar datos actualizados de España y del mundo. 

Y encontré que el suicidio es ya la principal causa de muerte externa (no por enfermedad o muerte natural) en España: según los datos más recientes que he encontrado, aproximadamente cada 2,5 horas se suicida una persona en nuestro país (o si se prefiere, 3.910/365 = casi 11 personas al día).

Las muertes por suicidio superan a las de caídas accidentales (por desgracia, bastante habituales en el mundo de la construcción y para las que se trabaja incansablemente desde salud y riesgos laborales en todas las compañías), a los ahogamientos (por lo que hay servicios de vigilancia y asistencia en la playas más concurridas, piscinas, etc. del país) y duplican a las producidas por accidentes de tráfico (para las que, desde hace bastantes años, tenemos una o varias campañas anuales de concienciación). Pero nada, hasta ahora, con los suicidios. ¿Sorprendente, no?

Así que, seguí recopilando información actualizada sobre cosas que ya venía trabajando hacía tiempo. Y en mi investigación fui a parar, claro, a Corea del Sur.

Según la Web https://datosmacro.expansion.com/demografia/mortalidad/causas-muerte/suicidio, con datos actualizados a 2017, la lista de países por su tasa de suicidio por cada 100.000 habitantes está encabezada en sus cinco primeras posiciones por Sri Lanka, Guyana, Mongolia, Kazajistán y Lituania. Las causas nunca son sencillas de determinar, pero probablemente en estos casos haya una combinación de condiciones económicas, sociales, e incluso, climáticas adversas. 

Sin embargo, desde hace años, el puesto número seis de tan dramática lista lo ocupa Corea del Sur, con una tasa de suicidio entorno a 25,5 personas por cada 100.000 habitantes (muy por encima de la media mundial situada en 9,5).

Eso significa que en un país que tiene 51,6 M habitantes, se suicidan al año más de 13.000 personas. Eso da más de 36 personas cada día del año. Se han tenido incluso que poner medidas físicas que impiden el acceso al Puente Mapo de Seúl (rebautizado popularmente como el Puente de los Suicidios), para evitar los saltos. Simplemente escalofriante.

Creo que es necesario poner en contexto qué tipo de país es Corea del Sur. Se trata de un país muy similar en cifras a España: población similar (51,6 M Corea del Sur – 47,1 M España), nivel económico parecido (Corea del Sur es la economía nº12 del mundo – España es la economía nº 14 del mundo) e incluso un nivel social también parecido. De hecho, se dice que Corea del Sur es el más “mediterráneo” de los países de Asia: la gente disfruta alegremente de la vida y de los amigos en cualquier noche de verano a las 2:00 de la madrugada por Seúl (como podría ocurrir en cualquiera de nuestras ciudades) y es el mayor generador de “pop stars”, música, películas y contenidos de toda Asia, compitiendo de tú a tú con los gigantes chino e indio. Al parecer, la gente en todo el sudeste asiático sigue a sus ídolos surcoreanos, además de a los propios. 

Y, sin embargo, la tasa de suicidios, lejos de disminuir, no deja de aumentar. A mí me parece realmente espeluznante (pero positivo) el caso del centro terapéutico Hyowon en Seoul, que ha ideado una ceremonia de falsos funerales (https://www.bbc.com/mundo/noticias-37622174) para intentar disuadir a las personas que están pensando en suicidarse de hacerlo, enfrentándoles simbólicamente al momento de su muerte (deben escribir su testamento, pensar en las personas a las que tienen algo que agradecer en la vida e incluso pasar unos 15-20 minutos metidos en un ataud de madera). Dicen tener una tasa de éxito de entorno a un 25% de los casos que tratan. 

Y de nuevo, de lo que parece no haber duda entre quienes han estudiado en profundidad esta terrible lacra de Corea del Sur, es que es preciso buscar las causas, en primer lugar, en que no está bien visto en su cultura expresar públicamente problemas o dificultades pero, sobre todo, en la tremenda presión y estrés por los resultados a los que están sometidos tanto los estudiantes como los trabajadores (la tasa de suicidios tiene su pico en la franja de edad entre los 15 y los 40 años). Dramático, ¿no? 

Pienso que más allá de la Covid-19, tenemos otra plaga, una pandemia silenciosa (o silenciada) propia de la sociedad y de la cultura en la que la mayor parte de nosotros vivimos inmersos, y que no deja de crecer. Otra prueba de ello es que la venta de antidepresivos y ansiolíticos en el mundo también se ha disparado.

Al hilo de esta cuestión, hace ahora casi un año y medio (lo he comprobado en los whastapp), un buen amigo, Enrique Padrón, me escribió lo siguiente: “estoy leyendo Sapiens y me he acordado de ti; si lo lees, cuando llegues al capítulo 19, me avisas”.

Sin ánimo de hacer spoilers, en el capítulo 19 (titulado irónicamente “Y vivieron felices por siempre jamás”) de su libro “Sapiens. De animales a dioses”, Yuval Noah Harari hace una reflexión justamente sobre esta cuestión. El autor se plantea si, aceptando que vivimos en los tiempos de mayor bienestar objetivo de la historia de la humanidad (en términos de esperanza de vida, pobreza extrema en el mundo, riqueza por persona, etc.), somos realmente más felices que nuestros primeros antepasados sapiens de hace 150.000 años. 

La reflexión parece del todo razonable, la verdad. Pero lo que parece también indudable es que, si bien hoy en día hay un acuerdo generalizado en que la felicidad, el flourishing o el “bienser”(que no solo el “bienestar”) son un estado de la mente de cada cuál, tal y como defiende la Psicología Positiva de Martin Seligman (y que se puede trabajar y desarrollar en alto grado), es absolutamente indispensable también invertir ya y de verdad en crear entornos de trabajo que proporcionen seguridad y salud psicológica en el trabajo, tal y como defiende la profesora Amy Edmondson (en su libro “The Fearless Organization”). No podemos esperar más. 

Y, ¿eso es posible? Por supuesto, contra toda pandemia hay siempre (más tarde o más temprano) una vacuna o, al menos, una medicación paliativa. Y nosotros tenemos una que funciona extraordinariamente bien. Y es que es preciso diagnosticar a los equipos y aplicar soluciones que les permitan activar los resortes comunicativos que posibiliten algo tan simple como hablar, hablar de todo y con todos. Sin miedo a la crítica ni al error. Y sin que ello signifique en modo alguno disminuir en los resultados, al contrario. Sólo un entorno de seguridad psicológica permitirá hoy en día la innovación y la creatividad necesarias para afrontar los nuevos retos de futuro. 

Y es que como dice Yuval Noah Harari hay aún hoy una historia pendiente de ser escrita, que no es otra que la Historia de la Felicidad Humana. Estoy segura de que vamos a poder escribir capítulos positivos en el futuro inmediato, porque ya los estamos escribiendo. 

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