Tréboles de 4 hojas o la capacidad de entrar en flow y poner foco

Hace unos días publiqué una foto de un campo de tréboles y luego esta otra foto (ambas mías, reales, ésta de mi mano sujetando ¡no 1, sino 2 tréboles de 4 hojas!) en mi estado de Whatsapp, acompañándolas de un texto que decía algo así como: “aunque parezca que no, siempre hay uno de 4 hojas; sólo es cuestión de pararse, poner foco y dedicar tiempo”.

Inmediatamente un amigo, @TonyJuan, me escribió diciendo: “Me encanta!!! Me he ido corriendo al jardín a encontrar alguno… y no lo encontré… pero no lo he encontrado hoy… mañana o pasado seguro que sí ”.

Y caí en la cuenta de que yo tengo una historia personal, digamos particular, con los tréboles de 4 hojas que le prometí escribir en un post. Así que aquí está.

Y es que, mis padres, como tantas familias jóvenes de clase media trabajadora con niños pequeños en los años 70, tenían una 2ª residencia fuera de Barcelona. Eran de esa generación que tenía claro que sus 3 hijos debían pasar los fines de semana y las vacaciones fuera de la ciudad masificada, para que crecieran saltando, corriendo y jugando con su pandi de otros niños (o de otros pre-adolescentes, como era el caso de mis hermanos mayores), en contacto con la naturaleza y sin los peligros de las grandes urbes… Ellos, muy jóvenes y que desde no eran ricos en absoluto, podían permitírselo entonces… Desgraciadamente hoy, eso es impensable para una familia media trabajadora de “treinta y tantos” años con 3 hijos… Pero esta es otra historia…

El caso es que la casa tenía un amplio jardín con todo tipo de árboles (nísperos, melocotoneros, perales, cerezos, manzanos, etc.), un pequeño huerto (aún recuerdo el sabor de los guisantes frescos comidos recién cogidos de la mata), diversas plantas ornamentales (hortensias, geranios (la pasión de mi madre), rosales, etc.) y un espacio considerable de césped. Yo nunca le había prestado especial atención al césped y a todo lo que ocurría con él, hasta que un día, un poco por casualidad, mi madre me dijo que “en el césped hay tréboles y los tréboles normalmente tienen 3 hojas, pero a veces, alguno, tiene 4. Y esos, los de 4 hojas, a quién los encuentra, le dan muy buena suerte para toda la vida”.

Imaginaros lo que es eso provocó en mi mente de niña de 7-8 años. A partir de entonces, como después de comer en verano, en plena solana, me hacían quedarme en casa hasta que hiciera algo menos de calor para salir a jugar, empecé a dedicar mis tiempos de relax post-comida a buscar tréboles de 4 hojas en nuestro jardín. Era capaz de pasarme 2 horas seguidas, yo sola, absolutamente concentrada en los tréboles, haciendo un “escaneo” perfecto de cada uno de los que veía. Y el tiempo corría sin que yo ni me enterara. De hecho, muchas veces me venían a buscar mis amiguitas y amiguitos y me tenían que arrancar literalmente de mi búsqueda… 

El hecho es que empecé a encontrar tréboles de 4 hojas. Bastantes. ¡Al menos 1 o 2 al mes! En mi cabeza, siendo la pequeñaja de la familia, me convertí en la “garante” de la suerte de todos. Y estaba convencida de mi gran papel, jajaja. Mi madre los guardaba todos, colocándolos cuidadosamente por todos los marcos de fotos de la casa, entre la foto impresa y el cristal, con las 4 hojas extendidas y perfectamente visibles, donde se iban secando poco a poco y, eso creía yo, dando suerte a todas las personas de mi familia para toda su vida.

Todavía hay muchos de esos tréboles en las fotos de casa de mis padres en Barcelona. ¡Y en la mía propia! En fotos con mi marido, de mi hija…

El caso es que, discusión sobre supersticiones aparte, desarrollé una fijación por los tréboles, que ha perdurado toda mi vida. No lo puedo evitar. Cuando veo tréboles, se me va la vista. 

Así que he encontrado tréboles de 4 hojas en los lugares más insospechados: desde la terraza de un bar en l’Estartit tomándome una cerveza con amigos al mirar de pronto una maceta de geranios y ver uno en el primer vistazo, en el parque de camino a recoger a mi hija a una de sus extra-escolares o en los aledaños de un templo sagrado en Tailandia, mientras esperaba a que algunos compañeros salieran del baño, justo el verano pasado.

Con el tiempo y mi desarrollo personal y profesional, me he dado cuenta de que aquel aprendizaje, me proporcionó muchísimas cosas que han tenido una importancia vital en mi vida.  Sin saberlo, mi entrenamiento como “cazadora de tréboles de 4 hojas” me enseño lo que era entrar en flow (fluir), que describiría con precisión años después Mihály Csíkszentmihályi, en su libro homónimo (Flow: La psicología de las experiencias óptimas). 

Como he obtenido de Wikipedia (marco texto en azul), “Csíkszentmihályi describió, en una entrevista para la revista Wired, el flow como el hecho de sentirse completamente comprometido con la actividad por sí misma. El ego desaparece. El tiempo vuela. Toda acción, movimiento o pensamiento surgen inevitablemente de la acción, del movimiento y del pensamiento previos, es como si estuviéramos tocando jazz. Todo tu ser está allí, y estás aplicando tus facultades al máximo. 

Para alcanzar un estado de flow, debe alcanzarse un estado de equilibrio entre el desafío de la tarea y la habilidad de quien la realiza. Si la tarea es demasiado fácil o demasiado difícil, el flow no podrá presentarse.

El estado de flow implica además una especie de atención enfocada, que se ha observado también en actividades como la meditación, el yoga o la práctica de cierto tipo de deportes (natación, running, etc.).

En síntesis, el flow puede describirse como un estado en el que la atención, la motivación y la situación se encuentran, dando como resultado una especie de armonía productiva o retroalimentación”.

Hoy en día hay un acuerdo prácticamente unánime (ver también, por ejemplo, el libro Focus, la importancia de desarrollar la atención para alcanzar la excelencia, de Daniel Goleman) en el que se explica que estas habilidades son consideradas hoy absolutamente fundamentales en el desarrollo de toda persona y, que deberíamos, por tanto, trabajar, tanto con nuestros hijos, como con equipos profesionales. 

Lo más curioso además es que, cuando salió publicado el libro La Buena Suerte, de Álex Rovira y Fernando Trías de Bes, otro buen amigo mío, compañero de trabajo entonces, me lo recomendó efusivamente diciéndome: “tienes que leerlo, porque tú eres el caballero blanco”. Imaginad mi sorpresa, cuando resultó que el caballero blando era el único capaz de crear las condiciones necesarias, de aplicar el tiempo y el esfuerzo necesarios para encontrar el trébol mágico de 4 hojas. Y mi amigo no sabía de mi afición secreta.

Así que, una vez más, GRACIAS MAMÁ.

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